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Carmen Amaya es uno de los mitos del baile flamenco, también cantaba, pero sus dotes de bailaora acabaron eclipsando su faceta como cantaora. No aprendió a bailar en ninguna academia, sino que aprendió de su entorno cercano.

Su escuela fue la calle, en la que cantaba y bailaba para ganar algo de dinero. De la calle pasó a los teatros y de allí a los grandes escenarios de Madrid, en una ascensión meteórica, con un estilo propio.

Desde pequeña se le puso el mote de La Capitana, cuando se inició en el flamenco acompañando a su padre, debutando con sólo seis años ante el público en el restaurante de Barcelona Les Set Portes y poco tardó en dar un gran salto para actuar en París con gran éxito, en el Teatro Palace. Bailó desde muy joven con figuras muy populares y reconocidas como Raquel Meller o Carlos Montoya.

En 1923, con sólo 10 años, llegó a Madrid, para bailar en el Palacio de la Música también de forma exitosa e iniciar al año siguiente una gira por toda ella España, formando parte de la compañía de Manuel Vallejo. A su regreso a Barcelona bailó en el Teatro Español, recomendada por José Cepero. Después de su interpretación en la película María de la O, comienza una nueva gira por las provincias españolas. La Guerra Civil Española la sorprende en Valladolid y obliga a que la compañía se traslade al extranjero (Lisboa, Londres, París, Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, México, Uruguay, Venezuela, Nueva York...).

Después de actuar en Lisboa, se presentan en Buenos Aires, donde debuta en compañía de Ramón Montoya y Sabicas, en el Teatro Maravillas con un enorme éxito. Viajó por todo el mundo paseando su arte. Ciudad tras ciudad se rindieron ante su baile, de forma que cuando en 1947 decidió regresar a España era ya una estrella internacional, un status que conservó hasta su muerte en 1963.

Carmen apareció en la portada de la revista Life y la admiraron los más famosos astros del cine y el arte. Desde 1942 en Hollywood, se convierte en una de las atracciones más grandes. Interpretó una versión de El amor brujo de Manuel de Falla, en el Hollywood Bowl, ante veinte mil personas, con la Orquesta Filarmónica.

Cuando Carmen Amaya volvió a España en 1947 era ya una figura mundial indiscutible. Los largos años americanos le habían servido no sólo para asentar firmemente su arte, sino también para que su leyenda creciera imparable.

Su muerte, a los 50 años, constituyó una gran aflicción para todo el mundo flamenco, siéndole otorgada la Medalla del Mérito Turístico de Barcelona, el Lazo de Isabel la Católica y el título de Hija Adoptiva de Bagur.